El VIII Festival de Poesía en la Montaña …en mis palabras

Por Themys Brito (Dominicana)

El viaje lo había planeado desde hace mucho. La despedida, no tanto. Adri quería entrar al aeropuerto para decirme adiós. Imposible. Por eso aceleré el paso, di un par de besos rápido e hice la fila de la aerolínea, buscando en mi interior algún buen sitio donde esconderme. La iba a pasar bien, pero cuando todo un mar te separa de tu hijo, la hiperactividad de un aeropuerto es capaz de agigantar las más insignificantes ansiedades. ¡La iba a pasar bien, CONTRA! ¡Ellos también! Por eso un contratiempo que le añadió cuatro horas a mi viaje sirvió para reflexionar sobre muchas cosas. Finalmente iba a tener tiempo para escribir un par de poemas, olvidarme de políticos, de calendarios, de la posibilidad de haber llevado sin darme cuenta una chinche de esta hermosa urbe, hacia mi casa, y dejar de revisar las camas y las alfombras decenas de veces cada noche en caso de que el nuevo cuco de la Gran Manzana haya cruzado la frontera de El Bronx. Sí, la iba a pasar de maravilla en la montaña que desde hace un año he deseado volver a visitar.

Por alguna razón que no me apresuraré a analizar extensivamente, el ambiente en el Festival de Poesía me permite ser yo misma sin muchas intrusiones. Entre los poetas, no tengo que intentar ser más sociable de lo que puedo ser naturalmente. La gran mayoría entiende que estar solo no significa soledad, que el silencio no necesariamente significa tristeza, que una sonrisa dice más que mil palabras y que los alrededores del Centro Salesiano de Pinar Quemado te dan licencia para observar desde el margen y aunque no quieras; sin que te tachen automáticamente de odiosa.

Al llegar a Santiago, conocí a un señor muy simpático que me procuró Taty Hernández, gestora de este encuentro de poesía, en su octava edición. El recorrido hacia la montaña se sintió tal vez un tercio menos de lo real y fue porque el caballero adornó la trayectoria con detalles sobre viajes a Haití, sobre Jarabacoa a través de los años, su familia, de paisajes, activismo y educación. Y de algún modo sentí que su calidad amena se conciliaba demasiado bien con las durísimas privaciones que resaltaban sus canas.

Pinar Quemado me supo de inmediato a una bocanada de aire fresquísimo. ¡Una ducha fría y empezaron los versos! Hubo una niña de nueve años que deberían colocar en una cajita de cristal, porque es que va a ser una estrella cuando empiece a escribir sobre las vivencias que aún le falta por tejer. No pretendo hacer un recuento de todos los poetas que acudieron porque otros han hecho ya reseñas mil veces mejores que cualquiera que yo podría ofrecerles. Sí tengo que decir que me gustaron muchos de los poemas y presentaciones, en especial la de Luis Arias, cuya intensidad estremeció tantas sensaciones y fue tan profundo, que su repetida frase “¡que salga un guapo!” estuvo resonando en las conversaciones días después.

Aproveché la mañanita del sábado para dar una vuelta y captar imágenes del aliento de la naturaleza, mientras unos cuantos luchaban con la esperada resaca, cuya catálisis es indigna de arrepentimiento. Luego siguieron interesantes conversaciones con caras nuevas y algunos poetas que recordaba del año pasado. Para ese entonces, ya había tenido que aclarar mi nacionalidad como cinco veces. El chofer me creyó colombiana, unos cuantos me asumieron boricua, otros árabe, y aunque P. Rodríguez me preguntó si era italiana, fue en realidad el único que vio más allá de una naturaleza pasiva. “Tu lo que quieres es pasar desapercibida”, me dijo.

Una gran sorpresa para mi ese fin de semana, en cierta forma sobrepuso a la poesía. Allá conocí en persona a Argénida Romero, cuyos poemas he seguido por buen tiempo mediante su blog y una amistad de Facebook. Pero conociendo mis limitaciones en la extraversión, la transición de lo virtual a lo real (como diría mi amiguito Baakanit), fue fluida y sincera; como si nada más fuera una cuestión de una pequeñísima distancia en tiempo y espacio. Muy parecido a lo que me ocurrió con Alexéi Tellerías el año pasado.

Me dio también mucha ilusión haber conocido a un señor, muy mayor y coqueto por cierto, que por coincidencia había sido abogado de mi abuelo. Su forma de hablar me recordó a papi y le pregunté de dónde era. Cuando me dijo San Francisco de Macorís, lo inundé de preguntas sobre aquel vínculo consanguíneo excluido de toda conversación familiar, y me dijo entre otras cosas, que mi abuelo fue en su mayor parte muy justo. Tanto así, que cuando mataron a Trujillo, a él no lo fueron a buscar. ¿Jumnnnnn? De todas formas, el señor me cayó de lo más bien. Y estaba en el evento no por ser poeta, sino porque le gustaba escuchar el arte. Y ahí es donde todavía no me convencen los argumentos de que hay que bajar la poesía de la loma para que otros la disfruten. Al que le interesa, va tras ella.

La noche que me tocó presentar, tenía unas siete opciones de las que planeaba elegir tres, como el año pasado. Al principio avisaron que sólo iban a ser dos, por cuestiones de tiempo. Alguien protestó. Y pensé por un momento que aquellos desvaríos de nuevas religiones y conflictos con Freud que soporté el día anterior contribuyeron a la falta de tiempo hacia el final. Sin embargo, más que el uso del programa para discursos esotéricos, me frustraba que ahora la decisión era más difícil para mi. Por suerte pudimos leer tres. Escogí en el momento, sin ciencia alguna; tal vez no lo mejor de lo que había preparado. De todas formas creo que gustaron.

Al final de la presentación llamé a mi esposo para contarle. Me dirigí hacia el árbol en la entrada del Centro, que era más bien la antena de la telefonía celular de la zona. Era uno de los pocos sitios donde había señal, y me recordaba mucho a los televisores que hace décadas, muchos tratamos de sintonizar con una percha. Apunté a todos lados, y al final no pude contarle mucho. Colgué. Alguien me llamó a bailar y bueno, a falta de pan, casabe; en este caso, “Plomo, plomo, plomo, plomo…” (Tal vez con una bailadita los termino de convencer de mis raíces).

A las once tocó la última canción, pero la noche todavía era una bebé para la juntilla en la que me quedé. Lo que siguió fue mucha chercha, vino y versos, gente maravillosa y críticas constructivas, ¿o aniquilantes? Tal vez algo más importante, llegar a conocer que mi poesía ha madurado bastante en estos últimos años; y al mismo tiempo que tengo tantas cosas más por perfeccionar. Aunque, a lo mejor fueron sólo los efectos del vino.

Me despedí de Jarabacoa al otro día con un tour ecológico (que casi me pierdo, por obvias razones). Y Jarabacoa se despidió de mi quizás, con el comentario que me hizo un gran poeta y escritor, “deberías tener prohibido salir del país” …una idea que exteriorizó el perrito en la casa-fábrica de quesos que visitamos esa mañana, cuando me marcó de su propiedad. ¡Quién diría que la meada de un perro podría ser poesía!

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Una respuesta a “El VIII Festival de Poesía en la Montaña …en mis palabras

  1. Gracias por tu recuento de tu experiencia. Para mí un placer conocerte y compartir contigo.

    No pude evitar sonreírme cuando hablaste sobre que te confundieron con una colombiana y una árabe.

    Abrazos.

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